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Entrevista a Flavia Freidenberg “Debemos eliminar la idea de que las mujeres somos princesas en lugar de que podemos ser presidentas” (PUCP)

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Flavia Freidenberg

 

Solemos ver a mujeres postulando al congreso, presidencia y alcaldía. ¿Significa esto que están realmente empoderadas en política? La doctora Freidenberg visitó la PUCP para dictar la charla "¿Por qué las mujeres no son candidatas en América Latina?", organizada por la Asociación Civil Politica

Su charla se llamó “¿Por qué las mujeres no son candidatas en América Latina?”. ¿Hasta qué punto es cierto esto considerando que tenemos presidentas en la región? El título es bueno porque provoca esta duda. En los países de América Latina, el empoderamiento de la mujer es una realidad en los últimos 30 años. Hoy hay muchas más mujeres participando en política y América Latina aparece como la región donde hay más gobernantas mujeres en comparación con otras realidades y eso está muy bien. Eso es mirar el vaso medio lleno. Pero a mí me gusta mirar el vaso medio vacío. 

¿Por qué? Voy a tratar de convencerte: En muchos países las mujeres son casi el 50% o más de la población. Pero cuando vas a las instituciones, congresos, presidencia, ejecutivos; no encuentras esa cantidad de mujeres. Entonces, si bien es cierto que hay muchas más mujeres participando en política, no todas las mujeres que podrían participar lo están haciendo. Hoy tenemos cinco presidentas y primeras ministras en América Latina que es la región en el mundo donde más primeros ejecutivos son mujeres; pero eso no me alcanza. 

La política ha sido casi siempre una cosa de hombres: en el Perú, el voto para la mujer fue dado en la década de 1950. ¿Qué tanto arrastramos ese lastre hasta la actualidad? Hay muchas barreras político institucionales, culturales y económicas. Toda sociedad donde cualquier grupo (mujeres, indígenas, jóvenes) está subrepresentado es incompleta. En América Latina, las democracias son incompletas. Es simbólicamente importante que Argentina, Brasil y Chile tengan mujeres presidentas, pero necesitamos más. 

¿Qué tanto ayudan las cuotas de género? Son fundamentales. Las cuotas de género que deben ser pensadas como instrumentos institucionales rompen esa dinámica desigual. Hay países donde se ha pasado a una cuota mayor, como Argentina, que pasó de 9% a 35% de representación. En todos los países que hemos estudiado -cuando tienes una ley de cuota fuerte con un sistema electoral favorable, y con monitoreo y control de la justicia electoral, medios de comunicación y grupos de mujeres- se empodera tanto el sistema que se favorece la representación femenina. Las leyes de cuota no son sistemas de discriminación ante los hombres, sino que mejoran la representación. No alcanza con eso, pero es un paso importante. 

Existen prejuicios “positivos” sobre las mujeres: son más honestas, transparentes, no son corruptas. Hasta qué punto esto juega a favor de la participación de mujeres y que sean elegidas. En general, no me gustan los prejuicios. No sé si se puede decir que sean positivos. Son más poderosos los prejuicios que apuntan a que la mujer está para lavar los platos, atender a los hijos y cuidar del marido a los que dicen que la mujer tiene que ser igual al hombre y trabajar en igualdad de condiciones. Me lo dicen las mujeres que me cuentan que no se dan abasto, que trabajan, son madres y a las que les cuesta todo mucho más. Me lo dice la manera en que educamos a las niñas para ser madres y no para ser profesionales. Me lo dice la Cenicienta que cree que va a venir el príncipe azul a solucionarle los problemas, en lugar de que ser ella, la princesa azul. Todos estos elementos son más negativos. 

Y pese a todo lo positivo que se piensa sobre las mujeres, no se asume que son como otros ciudadanos con las mismas capacidades y potencial. Falta una cultura de igualdad. No estamos trabajando en ello. Necesitamos equiparar a hombres con mujeres, eliminar la división sexual del trabajo, tener instituciones más sensibles al género y mujeres más capacitadas, eliminar la idea de que las mujeres somos princesas y, en lugar de ello, pensar que podemos ser presidentas.